CUADERNO DE IDEAS

configuran escuelas, academias y similares, y con
sus distintos sistemas de evaluación y titulación, que
tan mal casan con la libertad inherente a una afición
a la escritura o con el insobornable oficio de escri-
tor. Como reflexionaremos más adelante, está por
ver que para escribir sea posible otorgar alguna li-
cencia consagradora.
   Al margen de controversias conceptuales —que
nunca hay que rehuir; al fin, una parte esencial del
trabajo en un taller literario obliga a meditar cada
palabra que se emplea y su porqué—, habría que ce-
rrar este punto remarcando que la actual eclosión,
alimentada por la laberíntica oferta de talleres en
Internet, dibuja un panorama considerablemente
más optimista que hace veinte años. Aunque, por lo
que venimos diciendo, quizás también más confuso.

   ¿ES  EL ESCRITOR EL MEJOR PROFESOR?
   Paralelamente a la confusión de la que hablamos,
en los últimos años se ha producido un fenómeno
que quizás haya llegado la hora de analizar con un
poco más de detalle. Cada vez más escritores con la
aspiración de convertirse en profesionales —es
decir, de vivir de la escritura— han descubierto en el
fenómeno de los talleres literarios una alternativa
nada desdeñable para procurarse una independen-
cia económica sin alejarse de la teoría y la práctica
de su profesión. A la luz de esta novedosa revela-
ción, surge a marchas forzadas un gran número de
escritores que se postulan como profesores de talle-
res literarios, blandiendo su posible prestigio como
carta de presentación y aval suficiente que les habi-
lita para la enseñanza.
    Es un intento legítimo, aunque sería importante
alentar a una reflexión más profunda sobre el fenó-
meno, así como recordar un conflicto paralelo: au-
tores con una mínima obra a sus espaldas creen, a
nuestro juicio de forma errada, que su condición de
coordinadores de talleres literarios les termina por
otorgar el estatuto de escritores, y como tales se au-
topromocionan, a pesar de que la ambición de su
obra publicada no puede en muchas ocasiones con-
siderarse más que todavía en el rango de las aficio-
nes, por nobles y recomendables que éstas se pue-
dan considerar. A la par, otro problema surge cuan-
do a veces una falta de pudor lleva a que algunos de
estos profesores usen sus propios talleres como
plataforma publicitaria que colabore a difundir su
apenas incipiente obra literaria. Algo que, a nuestro
juicio, incumple la deontología básica que debería
presidir esta profesión. Cuando los talleres literarios
se convierten en sostenida plataforma publicitaria
de sus maestros —sean más o menos escritores re-
conocidos es en realidad un hecho anecdótico a este







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