incontables talleres virtuales. Creemos que éste ha
sido nuestro principal mérito: la invención y puesta
en marcha de un método a distancia que permitía el
trabajo en grupo y que más adelante se adaptaría
como un guante a las posibilidades del ciberespacio;
ésta ha sido posiblemente la mayor aportación que
hemos conseguido hacer desde Fuentetaja para ex-
tender hasta los rincones más remotos la posibilidad
de participar en un taller literario.
En este rápido repaso al pasado reciente, convie-
ne también recordar que la explosión del fenómeno
de los talleres literarios en nuestro país tiene mucho
que ver con que un buen número de iniciativas de
talleres se agrupan, como es nuestro caso, en plata-
formas con estructuras empresariales cada vez más
complejas. Esto trae visibles ventajas ante la posibi-
lidad de abarcar y profundizar en más contenidos.
Pero acarrea el inevitable inconveniente de tener
que lidiar con la lógica, por tantas razones proble-
mática, de la empresa.
También creemos pertinente advertir sobre un
conflicto terminológico que se desencadenó cuando,
hace quince años, una nueva empresa de cursos de
escritura, para agruparlos, empleó por primera vez
en nuestro país el término, a nuestro juicio cuanto
menos poco prudente, de «escuela». Para hacer «es-
cuela» hay que tener detrás una sólida tradición que
legitime sus enseñanzas, y los talleres literarios ca-
recen todavía de suficiente bagaje histórico en nues-
tro país para poder asignarse de forma legítima esa
condición —y esto lo decimos desde la plataforma
empresarial de talleres más veterana—. Sin tratar
de minimizar por ello el esfuerzo que pueda aportar
una autodenominada «escuela» para colaborar al
desarrollo de la escritura creativa, pensamos que si
se quiere apelar a lo académico —el término «es-
cuela» lo hace de forma explícita— hay que cumplir
unas reglas. Cuando se tiene delante un paisaje sin
reglas, se debería imponer la cautela y la renuncia al
uso de máscaras que oculten una inmadurez, la de
la Escritura Creativa en general, que para poder co-
menzar a remediar, hay primero que asumir explíci-
tamente, sin disfraces académicos de muy dudoso
rigor.
Queda un largo camino hasta que esta disciplina
termine por plantearse cómo asimilar (o asimilarse
en) los conceptos digamos más institucionales de la
enseñanza. Mientras tanto, la palabra «taller», en su
acepción didáctica, promete una coherencia dura-
dera. En el taller, más que estudiar, se trabaja, se in-
tercambia, se discute, se crea. Crear es un proceso
necesariamente abierto a la sorpresa y en buena me-
dida a la improvisación. El término «taller» abre así
una distancia con la rigidez de las estructuras que
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