CUADERNO DE IDEAS

restringidos. Lo cual, paradójicamente, podría no
ser criticable, pues la publicidad es arte del grito
—alharaca del dinero, imposición por el estruendo,
invasión sin permiso—, mientras que toda obra
seria y sensible, si quisiese preservar la dignidad, as-
piraría a ser difundida con delicadeza: ese misterio
con que un valioso secreto se susurra de oído en
oído con el deseo de provocar un descubrimiento.
    Este alzar la voz, este arte del grito, significa el si-
lencio de las opiniones mesuradas, la aniquilación
última de la posibilidad del entendimiento. La pu-
blicidad, epidemia incontenible de las sociedades
modernas, crea y a la vez refleja la pobreza moral de
nuestro tiempo. El hecho de que incontables escri-
tores, músicos, cineastas, tantos y tantos profesiona-
les de las artes, se hagan cómplices de esta miseria
no puede más que transformar nuestra preocupa-
ción en un rictus de inequívoco fatalismo.

    SIN GENEROSIDAD NO HAY ARTE
    En conclusión, al margen de la lectura más polí-
tica que entraña nuestra reflexión, la función para
nosotros primordial de los talleres literarios, mucho
más que la formación del escritor —algo que, valga
la insistencia, debería representar sólo la parte más
avanzada de sus programas y distinguida de forma
clara del resto—, es completar la formación de la
persona en un contacto profundo y activo con las
posibilidades de la creación literaria, del todo al
margen a la feria de vanidades que puede despertar
el sueño de ser escritor. En el conflicto que hay que
resolver nos parece vital fomentar la educación del
sentido de la renuncia ante los cantos de sirena que
un ego insatisfecho y sediento de atenciones suele
movilizar en el desarrollo de la personalidad artísti-
ca. Un tipo de personalidad hacia la que, por lo
demás, cualquier persona puede sentir una más que
legítima inclinación. Todos somos, en sentido am-
plio, potenciales creadores. Nadie otorga la facultad
de crear: pertenece a la condición humana.
    Escribir debería ser compartir —por cierto, nos
atrevemos a afirmar que la única terapia efectiva es
enseñar a compartir—. Es decir, un acto fundamen-
talmente generoso que sepa preservarse lo más po-
sible de las tentaciones del narcisismo, del exhibi-
cionismo, del comercio indiscriminado. Debido a la
naturaleza de trabajo en grupo, un taller literario es
un contexto idóneo para frenar esas tendencias —o
al menos para sacar poderosas conclusiones de su
abierta confrontación—.
    El terreno de nuestro trabajo puede ser más o
menos pedregoso, presentar un aspecto desnivela-
do, que obligue a trabajar en jornadas de sol a sol o
a alternar la maquinaria con la herramienta ma-







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