CUADERNO DE IDEAS

   LA NECESARIA DIMENSIÓN SOCIAL DEL TALLER LITERA-
RIO: HACIA UNA INTERVENCIÓN RELEVANTE
   Tenemos que partir de que una educación creati-
va o artística de los ciudadanos es algo en sí objeti-
vamente deseable, más aún si consideramos que,
como es el caso de los talleres literarios, el dominio
del lenguaje será la herramienta esencial de sus ejer-
cicios: son las palabras y nuestra capacidad para
manejarnos adecuadamente con sus infinitas posibi-
lidades, las que nos permiten desarrollar un conoci-
miento verdadero —y transmisible—. Cuanto mejor
sepamos manejar las palabras con rigor y, a la vez,
con flexibilidad —y saber bascular apropiadamente
entre estos dos extremos es tarea privilegiada del
arte—, más dueños seremos de nuestro destino, más
libres y más capaces de establecer el diálogo con
nuestros semejantes, no importa cuán distintos pue-
dan parecernos. Ahí la creatividad se convierte en
un elemento esencial: es la creatividad la que consi-
gue que podamos acabar comunicando hasta con
quien aparentemente pueda estar en las antípodas
de nuestro pensamiento.
   Esa formación creativa que las grandes institu-
ciones educativas rehuyen —a veces lo intentan pero
siempre de una forma casual, desorganizada, sin
ningún discurso sólido detrás, que se resiente del
amiguismo y la poca profesionalidad—, implica una
formación paralela crítica con las elaboraciones cul-
turales de nuestra sociedad. Es decir, a nuestro en-
tender es un acto de carácter claramente político,
participativo. Algo que a los poderes les asusta pro-
piciar pues saben por experiencia que cuanto mayor
es el grado de independencia de criterio de la gente
—el buen criterio exige un uso cuidadoso del
lenguaje—, más cuestionadas van a estar las estruc-
turas dominantes. Sobre todo las que no están regu-
ladas democráticamente, como es el caso de los
grandes poderes financieros o mediáticos que, lejos
de someterse al comicio popular, son quienes de
facto, también en nuestras presuntuosas democra-
cias occidentales, refrendan a los políticos que su-
puestamente deberán representar a la gente.
   Poderes financieros que, para completar la ecua-
ción, hay que recordar que son los que entregan, a
golpe de publicidad —hija «creativa» y privilegiada
del dinero y, espiral enfermiza, fértil generadora de
más dinero—, los productos culturales con que pue-
blan las plataformas de difusión cultural de mayor
envergadura. Poderes permisivos en general con las
obras marginales y críticas —para no ser acusados
de liberticidas a veces hasta las publican—, pero que
no dudan en estrangular de facto, cuando no de fas -
cio, con el fácil y efectivo recurso de no publicitar-
las o hacerlo exclusivamente en ámbitos muy







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