a que su rostro sea bandera a página completa de periódico en los anuncios que promocionan su últi- ma obra. ¿Qué nos dice sobre su última novela el rostro del escritor famoso reproducido a toda pági- na en un espacio de publicidad millonario? Nos habla de que el autor está dispuesto a poner su va- nidad —cuando no su coquetería— al servicio de un mecanismo de ventas poco escrupuloso. Pero nada nos dice sobre lo que ha escrito y hasta qué punto debería merecer la pena ser leído. Al fin, sueños de grandeza concretados e inflados a paladas de dinero. Y su mayor daño, para noso- tros, es que estos sueños alimentan el deseo de miles de personas por ocupar ese trono de falso prestigio hecho de una fama hueca, alimentada por un poder financiero que aúpa a los escritores más dóciles con los distintos regímenes —o grupos, si alguien no quiere hacer lecturas tan extremas— mediáticos que, dueños de los altavoces, dominan de facto lo que se puede y lo que no se puede decir en público. Miles de personas que escriben en sus ratos libres y que no tienen tiempo suficiente para, además, hacer un análisis crítico en profundidad de la vida cultural que les rodea, albergan de forma más o menos inconsciente esa ilusión disfrazada de anhe- lada fama cuando se acercan a un taller literario. Y cómo no van a hacerlo si incluso los escritores más lúcidos y críticos con el sistema cultural imperante tienen que, si quieren ver su obra publicada, some- terse y hacerse signatarios de cláusulas contractua- les que les imponen participar como actores en el espectáculo publicitario del lanzamiento de su tra- bajo. Parafraseando y readaptando a los tiempos la famosa frase de Antonin Artaud: la sociedad (del es- pectáculo) reposa sobre un crimen cometido en común. ¿Cuál debería ser la posición de los talleres lite- rarios ante estas tendencias tan enfermizas —uno de cuyos delitos más visibles son esas novelas anuncia- das a bombo y platillo, en la tradición más perversa y aniquiladora de la cultura publicitaria que ha usado Hollywood para conquistar los hábitos de consumo cultural en el mundo entero—, tendencias que, de una u otra forma, terminan por afectar y de- formar el propio deseo de quienes se acercan a ellos? La respuesta está todavía en desarrollo — e n construcción—, y debería ser colectiva, pero desde luego nos toca adelantar nuestro punto de vista desde la privilegiada plataforma de observación que nos otorga la dirección desde hace casi un cuarto de siglo de una empresa pionera.
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