CUADERNO DE IDEAS

culturalmente correcto, o no se someta a la exhibi-
ción pública de su persona, será mejor que se pre-
pare para recibir el rechazo sistemático de los edi-
tores. No hace falta ahondar en el daño tremendo
que hace a la Literatura este tipo de escritor mediá-
tico que los tiempos promocionan cada vez con
mayor impudicia.
   Aunque muchos escritores reconocidos tienden a
hacer declaraciones que señalan de una forma más
o menos sesgada esa evidencia, a la hora de la ver-
dad muy pocos actúan en consecuencia y renuncian
al protagonismo. Al contrario, muchos han descu-
bierto que dar la cara por su obra es lo que en reali-
dad puede ayudar más a cultivar su prestigio perso-
nal. Se convierten así en publicistas de sí mismos,
ególatras consumados.
   A veces, pillados en falta, los autores se excusan
en la necesidad de proteger a sus «criaturas» en el
despiadado mercado. Pero, si bien es cierta esa con-
dición implacable del mercado, tan a menudo injus-
to y cruel, a poco que se analice, ¿en qué consiste en
realidad esa piedad que movilizan los autores cuan-
do salen a escena a defender su trabajo? En piedad
para los mismos autores, no estrictamente en justi-
cia para la obra. Una piedad por ellos mismos que
se opone a la propia dignidad de sus obras, pues el
destino implícito de esa criatura que es una obra
literaria —por extensión, artística—, no puede ser
otro que ser capaz de defenderse por sí misma: para
eso se hace pública. Cuando el escritor defiende su
obra en público, no es exactamente por un acto de
piedad. Se trata, casi sin excepción, de un acto de
auto-compasión: se ve reflejado en su criatura y, al
hacerle el juego a esa confusión, transforma una su-
puesta defensa en mera autojustificación. Un acto,
por lo demás, azuzado la mayoría de las veces por la
vanidad: el gusto del artista se inclina en general por
el protagonismo. En esa tentación tan poderosa, uti-
liza a su obra a modo de presuntuosa insignia de su
ego. Un acto, en conclusión, que no consigue más
que poner en cuarentena la dignidad de su criatura,
a quien, por temor a que le pueda poner en ridículo
o le condene a la incomprensión, su padre/madre no
quiere o no se atreve a concederle la mayoría de
edad. Es más cómodo —al fin, está bien visto y es
además publicitariamente más rentable— seguir lle-
vándola de la mano todo lo posible y, de paso, lucir-
se un poco.
    Dentro de los hábitos desmesurados con que se
acompañan hoy los lanzamientos de las obras litera-
rias —y no sólo literarias— es, por ejemplo, cuanto
menos cuestionable con qué facilidad (o, en casos
aislados, es justo reconocerlo, con qué amarga resig-
nación) se prestan los escritores de cierto renombre







Si deseas recibir periódicamente información de nuestros talleres y actividades, escribe aquí tu mail.

base modo pago