funda que colabore a delimitar mejor el sentido y los límites de las distintas áreas y niveles posibles de la enseñanza de la Escritura Creativa. La mayoría del profesorado de los talleres de es- critura, al menos de quienes los imparten en Fuen- tetaja, suele estar alerta para evitar esta confusión que de forma tan nociva puede jugar con la ilusión de la gente: ser escritor parece haberse convertido en un factor de prestigio deseado por cada vez más personas. No deja de ser una ironía en unos tiempos en los que cada vez surgen menos escritores de ca- tegoría con algo verdadero y original que aportar; tiempos en los que muchos clásicos no encontrarían editores (en su mayoría ya meros ejecutivos de ven- tas) que publicasen hoy sus obras. FERIA DE LAS VANIDADES A nuestro modo de ver, la confusión conceptual y el uso indiscriminado de la palabra escritor —fo- mentados ambos de forma determinante por la ig- norancia de los publicistas contratados y tolerados por la dirección de algunas plataformas de cursos de escritura en nuestro país— pueden dañar de forma notable la natural evolución de los objetivos, la di- dáctica y los métodos de la Escritura Creativa. Debería ser obligación de los talleres literarios fo- mentar la humildad. Algo que el propio profesorado, sea escritor o aficionado a la escritura de largo aliento, debería cuidar como valor esencial y saber transmitir a su alumnado, no tanto con consejos pa- ternalistas como con su propio actuar; entre otras cosas renunciando a la autopromoción de su obra en su entorno docente. La vanidad, uno de los pre- cipitados más complejos y difíciles de manejar de la estructura mental del artista, es un tema importante también en el ámbito de los talleres literarios. No queremos dejar de dedicarle aquí algunos comenta- rios que puedan servir de aviso a navegantes recién embarcados. Es fundamental alertar de los peligros de la vani- dad que el star system cultural (la «sociedad del espectáculo» que dirían los seguidores de Guy Debord) promociona con una imagen del escritor que, al menos quienes dirigimos Fuentetaja, recha- zamos de plano: cada vez más se pone por encima el protagonismo de la persona sobre el valor real de la obra. Hoy prima más que nada la apariencia del es- critor, convertido por la mercadotecnia cultural en un actor-vendedor. Jaleado por su editor, se ve obli- gado a repetir como un papagayo las mismas pala- bras mágicas que le respaldan —o le recomiendan— para vender su obra. Como no sea política o
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