CUADERNO DE IDEAS

todo lo que está en la propia naturaleza de los talle-
res literarios ofrecer a quienes sufren.
    Para cerrar el tema y restarle dramatismo al uso
(o abuso) de los talleres literarios como posible re-
medio al sufrimiento íntimo —habría que hablar
también del sufrimiento de los pueblos, pero eso
abriría una digresión demasiado extensa para el es-
pacio que se nos ha asignado—, quizás merezca la
pena recordar unas palabras pronunciadas en una
ponencia celebrada en el marco de un Congreso de
talleres literarios en Berlín al comienzo de los años
90, por un psicoanalista y profesor de taller litera-
rio: «También jugar al fútbol puede ser terapéutico».

    NO  SÓLO EL ESCRIBIR HACE AL ESCRITOR
    Quizás el objetivo terapéutico que ciertamente
está en manos del coordinador de taller literario
enfrentar sin ambages, surge cuando la frecuente
fantasía de ser «escritor» entorpece demasiado los
primeros pasos del camino del principiante en la afi-
ción a la escritura.
    Llegados a este punto debemos abrir una
reflexión sobre el uso abusivo que en ocasiones se
hace en la presentación de los talleres literarios de
una palabra clave, e s c r i t o r, usada —desgraciada-
mente cada vez más a menudo— como una suerte de
anzuelo con la que atraer a una potencial clientela.
   Nuestro proyecto se ha inspirado, desde su fun-
dación, en una certeza: todos somos (potenciales)
contadores de historias. Por pequeñas que sean,
todos necesitamos contar historias —y en general, y
aún más, que nos las cuenten—. Otra cosa distinta,
pensamos, es ser escritor: un proceso de conversión,
de llegar a ser, un larguísimo camino. En ese senti-
do nos parece importante exponer la tesis que nos
animó en Fuentetaja desde nuestros orígenes y que
encontró una de las señas de nuestra identidad en la
diferenciación de lo que es aprendizaje básico de la
escritura creativa y lo que es más específicamente la
formación del escritor.
   El querer ser escritor —en la medida que esa
palabra pueda tener un significado que distinga un
oficio verdadero y se cargue así por tanto de un sen-
tido pleno— es algo que debería venir después de
adquirirse una mínima destreza y madurez en el
ejercicio creativo de la palabra, así como de las dis-
tintas estrategias y caminos que existen para contar
historias y reflexionar sobre la vida a través de ellas.
   Ese objetivo que acabamos de enunciar —ese mí-
nimo que no por mínimo pretende ser poco— es el
que nosotros defendemos como el más necesario,
por tanto urgente, para ese vasto frente de la ense-
ñanza que se agrupa bajo el concepto de Escritura
Creativa. Un objetivo que, denunciamos, debería







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