CUADERNO DE IDEAS

artistas (no digamos de sus admiradores) en las que
van de la mano arte y locura. ¡Cuántos poetas ma-
duros vertieron en sus versos una desesperación que
acabaría en suicidio! ¡Cuántos Quijotes perdieron el
sentido de la realidad cegados por mundos de fic-
ción! A pesar de que parece estar de moda el conce-
der al término locura un halo positivo —está muy
extendido un uso que lo connota de divertimento—,
nunca está de más recordar que locura habla siem-
pre de sufrimiento, del peor de los sufrimientos.
   Un taller literario es un espacio de convivencia
que, por su propia naturaleza (más que por sus dis-
tintas estrategias terapéuticas), puede ayudar
mucho a sus participantes a organizar el pensa-
miento, avivar el sentir y aliviar la soledad (ay, la
soledad... quizás el fantasma neurótico más amena-
zador e insistente que se pasea por la mente del cre-
ador). Sin embargo, nos inclinamos a pensar que ca-
nalizar la afición a escribir a través de un taller y
hacer terapia son acciones diferentes. Aunque pue-
dan tener vasos comunicantes —de hecho en algu-
nos países hay una antigua tradición de talleres que
explora en profundidad esas conexiones—, sus obje-
tivos son distintos. Lo que, por cierto, no está en
contradicción con el hecho de que la escritura
puede ser también, a menudo, un proceso de exor-
cismo, una forma de sacar fuera lo que nos daña, lo
que nos consume. No es pues de extrañar que en
ocasiones acudan a los talleres literarios algunas
personas a quienes se lo ha sugerido un psicólogo.
Psicólogos, por cierto, son una parte representativa
de los alumnos de los talleres literarios.
   Al sacarlo fuera y compartirlo, lo que escribimos
ya no está en nosotros aunque sea nuestro. En cual-
quier creación, en cualquier elaboración artística,
está la capacidad para compartir el peso de nuestra
desesperación y para, quizás, revelarnos posterior-
mente un camino curativo, imposible sin acceder
antes al conocimiento de lo que nos enferma.
   El problema radica en lo fácil que es engañarse
también escribiendo (cuidado: no por el mero hecho
de escribir se accede a un conocimiento). De ahí
nuestras cautelas a la hora de dejar en manos del
coordinador de un taller literario responsabilidades
como posible terapeuta. Asumirlas con ciertas ga-
rantías le obligaría a descender a los infiernos de
cada uno de sus alumnos, para contrastarlos luego
con sus escrituras. Tarea en sí inabarcable y que
contradice una responsabilidad mucho más certera
y a su alcance: revelar el gozo de la escritura. Medir
de forma fiable el alivio real que ese gozo pueda
traer a cada uno es algo que en verdad está fuera
del alcance del profesor de escritura creativa. En
conclusión: sería un posible alivio —y no la cura—







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