al relacionarse con un tema, que de malabarismos
técnicos cuya ejecución tan sólo tenga como propó-
sito provocar el asombro del lector. En el complejo
paisaje de técnicas a ejercitar, no es sencillo a veces
preservar el sentido de la enseñanza más básica: el
camino de expresión más eficaz, más penetrante,
suele ser la (difícil) sencillez. Una mente clara y un
corazón abierto serán, en ese sentido, las herramien-
tas más preciosas de cualquier potencial artista.
Este punto nos lleva a abrir una digresión que
nos gustaría cuanto menos apuntar, pues es un tema
a menudo muy presente en el debate que los profe-
sores de escritura creativa mantienen entre sí: el ta-
ller literario como espacio de terapia.
El taller literario tiene un frente de acción sutil y
en ocasiones misterioso. En él, el alumno, ante tes-
tigos críticos, abrirá su mente y su corazón a través
de sus textos. Este delicado trance hace que a veces
se conciba al taller literario como un espacio tera-
péutico.
El grado de exposición íntima que todo texto con-
tiene sobre la persona que lo escribe puede ser muy
variable. Sin embargo, al hacerse visible ante un pú-
blico —en un taller literario todos son actores y pú-
blico al tiempo; todos leen, escriben, escuchan, co-
mentan y critican para todos— siempre pone en
juego una parte de la autoestima de su autor. Sus
miedos, sus carencias, sus límites no aceptados,
pueden hacerse evidentes y ser muy sensibles a una
crítica poco cuidadosa. Para el profesor puede no
ser fácil lidiar con este entramado a través del que
se pueden expresar, en ocasiones de forma muy
clara, desde cotidianas neurosis hasta las más diver-
sas torturas del ser.
Para reflexionar y posicionarse frente a esa suer-
te de confesionario de dolores ocultos que un taller
puede llegar a ser, es natural que el profesor de es-
critura creativa busque un apoyo de conocimiento
en las técnicas terapéuticas que ofrecen las distintas
ramas de la psicología, del mismo modo que se ejer-
cita en técnicas propias de la dinámica de grupos.
Sin embargo, pensamos que educar una percepción
clara y un corazón abierto —instancias esenciales
de una mente saludable— es algo que traspasa las
responsabilidades que están razonablemente en la
mano de un profesor de escritura creativa. La pala-
bra puede ser, no hay duda, curativa (cuando su mal
manejo no la hace auto-punitiva), pero el corazón y
la mente los educa más la vida en general que la que
se concentra tan solo en un taller literario (aunque
siempre se pueda echar una mano). Sin olvidar, por
otra parte, que la literatura, reino de excepciones,
resistencia a toda regla, inmuniza o infecta de forma
difícilmente predecible. Son numerosas las vidas de
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