El grito de las cosas
GLORIA FERNÁNDEZ ROZAS
Lo curioso de hacerse mayor es que se van per-
diendo las certezas. Esto, que para la vida segura-
mente no es nada bueno, puede que sí lo sea para la
creación porque de algún modo te mantiene inquie-
to y alerta.
En la medida que va aumentando la experiencia
lectora y de escritura uno va comprendiendo que el
arte a veces nace en un descuido; a la vuelta de una
norma, o en su trasgresión. Pero tampoco siempre,
lo que echa por tierra otra posible certeza.
En la enseñanza del taller, cada nuevo curso, yo
me enfrento siempre a las mismas dudas: ¿Qué con-
vicciones puedo compartir con los alumnos? ¿Qué
decirles de lo que hace bueno a un cuento, de lo que
lo hace obra de arte? Nunca estoy segura de las
respuestas. Es ahí cuando me acuerdo de Bloom,
para quien la obra de arte literaria ha de contener
esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría.
Así las cosas y en este desconcierto, comienzo
cada curso. Pero no me gusta engañar a nadie, y lo
suelo confesar el primer día de clase, aunque siem-
pre disfrazado de esperanza y con un buen grado de
atrevimiento: «A ver si este año por fin podemos ver
la lengua de las mariposas», como decía aquel
maestro de pobre aliño indumentario que se daba
un aire a Antonio Machado.
Que las mariposas tienen lengua parece ser que
es verdad, como lo es que una manera determinada
de combinar las palabras consigue la emoción.
Mil veces me he preguntado qué es un buen cuen-
to. Y mil veces también me he quedado de piedra al
comprobar que, a pesar de seguir las normas, o in-
cluso a pesar de romperlas, no conseguía ese des-
lumbramiento de la belleza. Sé lo que dicen los li-
bros, pero también sé que tiene que haber algo más
que esas mil normas, o su trasgresión, para conse-
guir el milagro de lo artístico.
Pienso que un cuento no tiene por qué dar testi-
monio de la realidad, sino mostrarnos sus grietas
que imagino que son como los silencios que dan sen-
tido a las notas musicales. Puede que esté ahí la di-
ficultad. Aunque dice Andrés Neuman que escribir
un cuento no es difícil, sino peligroso. Una equivo-
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