CUADERNO DE IDEAS

   De los cuentos y los pájaros
  
VÍCTOR GARCÍA ANTÓN
      
            Escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro
            dolor, a nuestra felicidad. Escribir sobre los necios
            sufrimientos de la angustia, la renovación de nues-
            tras fuerzas cuando aquéllos pasan, escribir sobre la
            penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño
            en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventani-
            lla de un tren, escribir sobre los continentes y las po-
            blaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la
            muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.
                                             John Cheever, Diarios.


   Entro en clase los primeros días y miro a mis
alumnos con sus capirotes largos, codo con codo en
esta mesa de ángulos limpios, donde nadie tiene to-
davía su lugar porque son los primeros días. Les veo
vigilándose, buscando en silencio cada cual su posi-
ción, su buen nombre. Entro en clase y me propon-
go enseñarles enseguida lo que sé, transmitir lo que
he aprendido, ayudar a estos alumnos que tengo de-
lante, que me miran, que me buscan, que pronto for-
marán una piña y me excluirán de esa piña. Alum-
nos que pagan una matrícula y una mensualidad, y
muchas horas de su tiempo dedicadas a venir a este
taller, y a escribir sus cuentos. Les miro con sus li-
bretas en blanco y sus bolígrafos afilados dispuestos
a registrar el menor temblor, y en mi memoria va
surgiendo el miedo de otros primeros días, la sospe-
cha de que aquello que a mí me ayudó no les vaya a
servir a ellos, a todos ellos, y no les devuelvan el di-
nero. Alumnos que esperan un reconocimiento por
sus buenos cuentos, que buscan una mano blanca
que les acompañe por el buen camino. Me gustaría
llevarles a un aparte y decirles a cada uno: ese que
ahora escribe no eres tú, no te preocupes, son los
primeros días. Me gustaría que intercambiaran sus
sillas, sus capirotes largos de fiesta, ahora que aún
no tienen nombre, que no me he aprendido sus nom-
bres, y se pueden librar de un peso. Quisiera pre-
guntarles qué quieren, a qué han venido. Me gusta-
ría decirles que soy uno de ellos, que también ando
buscando la manera de decir eso que no saben decir,
y el taller se ha suspendido por falta de un experto.
Pero me aguanto y me agarro a mi papel de profes -
seur de talleres literarios, papel de escritor que qui-






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